Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Oscar Alonso Peno

¿Daré mi vida por ti?

Evangelio del Martes Santo

En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que tienes que hacer hazlo en seguida». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy, vosotros no podéis ir”». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces» (Jn 13,21-33.36-38).

Este Martes Santo el evangelio nos invita a revisar y a profundizar en nuestras propias debilidades y traiciones. Dos personajes conocidos aparecen en esta escena: Judas («Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado») y Simón Pedro («¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces»). Algo que impresiona y llama la atención de este relato premonitorio es descubrir que la traición a Jesús, el Maestro, se fragua en el círculo de los íntimos, en el grupo de aquellos discípulos que han tenido acceso a su corazón. Me asalta rápidamente una pregunta: ¿Qué tengo yo de Judas? n¿Y de Pedro? ¿Qué soy más, Judas o Pedro? Ambos dos “traicionan” a su amigo. Ambos anhelan algo, quizás diferente a lo que Jesús anhela. Esta lectura del evangelio me/nos confronta con nuestras traiciones. La palabra “traición” es muy dura. Apenas la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado eufemismos como debilidad, error, distancia, etc. Pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. ¿Estaré traicionando a Jesús a quien quiero amar y seguir?

La verdad es que si pudiera elegir, elegiría ser Pedro. Creo que era poco coherente, andaba perdido, no entendía la hondura y profundidad de todo cuanto Jesús le contaba, pero era auténtico. Amaba a Jesús. Por eso pudo traicionarlo… y luego descubrir su error, su cobardía y convertir su corazón.

Hoy el evangelio nos pide que examinemos cuándo traicionamos a Jesús…

… y lo traicionamos cuando repetimos mucho su nombre pero no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él, cuando en medio de nuestros intereses, no tenemos tiempo para “perderlo” gratuitamente con él, cuando le hacemos decir cosas que son sólo proyección de nuestros deseos o mezquindades, cuando volvemos la espalda a los “rostros difíciles” en los que él se nos manifiesta, cuando damos por supuesta su amistad y no lo buscamos cada día, cuando olvidamos que se encuentra preferentemente en los más pobres, en los más difíciles, en los más ensombrecidos e ignorantes…

Ojalá este Martes Santo nos detengamos un instante y seamos valientes para poder descubrir nuestras pequeñas o grandes traiciones, nuestras debilidades y nuestras fortalezas en el seguimiento de Jesús. Ojalá dediquemos algo de tiempo a preguntarnos “¿Daré mi vida por ti?” y seamos pacientes para escuchar nuestra propia respuesta, nuestro propio corazón.

Oscar Alonso



escrito el 19 de abril de 2011 por en General


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