Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Oscar Alonso Peno

También vosotros lo hagais

Evangelio del Jueves Santo

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?”. Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’. Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprendeis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamais Maestro y Señor, y decis bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debeis lavarse los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagais” (Jn 13, 1-15).

Comenzamos el Triduo Pascual, esos tres días centrales, intensos,  fontales para la vida de los que intentamos seguir a Jesús y tener su proyecto de vida como proyecto propio. Estos tres días vamos a dejarnos empapar por la Palabra y por las palabras, por los símbolos y los gestos, por los silencios y los cantos, por la contemplación y por la pasión traducida en servicio, en entrega, en perdón, en nuevas oportunidades, en sueños posibles…

Como hemos leído, Jesús desea que sus discípulos comprendan, con un gesto festivo y simbólico, lo que significa su misión (también la nuestra): el lavatorio de los pies es la expresión del compromiso por el servicio a la comunidad que se le ha encargado.  Es la traducción cotidiana de la celebración eucarística. Me gusta contar cuando trabajo este tema, que en muchas ocasiones nos quedamos a las puertas del misterio central del sacramento de la eucaristía, ya que repetimos símbolos (pan, vino, bendición…) y olvidamos que antes hay que lavar los pies a los demás, y que, además, eso es verdaderamente celebrar la eucaristía (muy lejos de eso de ir a misa los domingos o a diario).

Jesús quiere demostrar su compromiso definitivo con la humanidad por medio del servicio. El lavado de los pies era un gesto que en la antigüedad mostraba acogida y hospitalidad. Normalmente lo hacía un esclavo o una mujer, la esposa a su marido, los hijos o las hijas al padre un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Jesús rompe con la tradición: no pide ayuda. Él, que preside la cena y dentro de ella, realiza el lavatorio de los pies, demostrando que no hay alguno mayor que pudiera ser el primero. La comunidad de sus discípulos se conforma en la igualdad y en la libertad como fruto del amor; y el Señor se convierte en el servidor, porque la verdadera grandeza no está en el honor humano sino en el amor que transforma a los hombres y mujeres en la presencia de Dios en el mundo.

Jesús niega la validez de los valores que en el mundo triunfan: al ponerse de rodillas ante sus discípulos, Jesús destruye la imagen de Dios creada por la religión. Dios recupera su verdadero rostro con y en el servicio. Dios actúa como un servidor del hombre porque el Padre que no ejerce dominio sino que comunica vida y amor, no legitima ningún poder ni dominio. Ninguno. Lo que Dios hace por el hombre es levantarlo a su propio nivel: Jesús es el Señor, pero al lavar los pies a los suyos haciéndose su servidor, les da también a ellos la categoría de señores.

Su servicio por tanto elimina todo rango porque en la comunidad que él funda cada uno ha de ser libre. Son todos señores por ser todos servidores y el amor produce libertad y se traduce en el compromiso por la justicia.

Sus discípulos tendrán, tenemos, la misma misión: crear una comunidad de hombres y mujeres iguales y libres porque el poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, ya que la grandeza y el poderío humanos no son valores a los que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.

Hoy no celebramos la ceremonia del lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio bonito, interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión sacramental la única manera posible de ser discípulos suyos. Jesús enseña que hay más gozo en dar que en recibir.

Además, hoy es la fiesta de los ministros en la Iglesia. Es el día de recordar el espíritu del Señor en el servicio. Él no vino para ser servido sino para servir. Una Iglesia pobre, que sirve, estará siempre cerca de los que anhelan ser liberados. Inauguramos el Triduo Pascual con una llamada fuerte a la conversión, a la radicalidad y al servicio. Todos somos interpelados por la Palabra de hoy. Recordemos el título de aquella obra de Jacques Gaillot que decía que ·una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Sirvamos: esa será nuestra seña de identidad como miembros de la comunidad de los que siguen a Jesús. 

                                                                                                                                 Oscar Alonso



escrito el 21 de abril de 2011 por en General


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