Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Oscar Alonso Peno

“Si el grano de trigo no muere…”

 

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor meditando su pasión y muerte, y se abstiene de celebrar la eucaristía, quedando por ello desnudo el altar hasta la solemne Vigilia Pascual. En este día no se distribuye la comunión, a no ser en caso de viático.

El misterio específico del Sábado Santo es la ausencia del Señor. El Señor ha ocultado su rostro, ha sustraído su presencia, el Señor está ausente. El Señor, mistéricamente, está muerto.

Los elementos que convenimos en llamar “mistéricos”  son los siguientes:

a)     La privación de la eucaristía: siempre según esta lógica del misterio, es imposible la eucaristía en Sábado Santo, porque el Señor “no está”.

b)     Tampoco se proclama la Palabra de Dios en la asamblea eucarística: No hay eucaristía, no hay Palabra en contexto de eucaristía a diferencia del Viernes Santo.

c)      La experiencia del vacío: cuando se nos muere un ser querido decimos que nos ha dejado un vacío que no se puede llenar. El Sábado Santo es el contacto con el vacío. Este vacío, que es sobrecogimiento, silencio y ayuno, es misterio y su vivencia es una celebración cultual en lo más profundo. Es un espacio reservado para el desierto personal y comunitario. Un desierto que esconde un pozo de agua viva.

Este día, hasta la celebración de la Vigilia Pascual, es para vivirlo desde la quietud meditativa, permaneciendo en paz y sobrecogidos ante la ausencia del Señor.

El grano de trigo ha muerto y está sepultado en el seno de la tierra, pero va a producir por eso mismo abundante fruto (cf. Jn 12, 24). Jesús se ha hecho solidario hasta el final con toda mujer y todo hombre (¿Somos nosotros solidarios como Jesús?). Solidario de su fracaso, de su silencio, de sus momentos de hundimiento, de los momentos en que parece que ha triunfado el mal y la muerte (miremos hacia nuestra propia experiencia). El sepulcro no va a ser la última palabra, pero es muy en serio. “¿Por qué me has abandonado?

La bajada al “infierno” forma parte de la dinámica de la Pascua (¿Identifico, identificas tu “infierno”?). Es muerte y liberación, descenso y ascenso en un movimiento unitario. Jesús rompe el poder de la muerte y nos saca de “nuestros sepulcros”. Nos toma de la mano (¿te dejas sacar de tus sepulcros?). La muerte ha sido vencida y sus llaves, desparramadas.

De una manera o de otra, complementariamente, la comunidad cristiana contempla a Jesús en el sepulcro, en su silencio, en su dolor, en su fracaso personalizando, frente a Jesús en el sepulcro, nuestro(s) sepulcro(s), nuestro(s) dolor(es), nuestro(s) fracaso(s). Callamos y oramos. Velamos. Ya sabemos que resucitará, mientras tanto aprovechemos para dedicar esta mañana a entrar en nuestro propio desierto. Que el Dios de la Vida habite nuestro silencio y nos resucite.

NUESTROS DESIERTOS

Madelaine Delbrél, La alegría de creer.

Cuando amamos, nos gusta estar juntos, y cuando estamos juntos, nos gusta hablar. Cuando amamos resulta molesto tener siempre mucha gente alrededor. Cuando amamos, nos gusta escuchar al otro, solo, sin otras voces que nos estorben.

Por eso los que aman a Dios han amado siempre el desierto; Y por eso, a los que le aman, Dios no puede negárselo.

Y estoy seguro, Dios mío, de que me amas y de que en esta vida tan saturada, atrapado por todos los lados por la familia, los amigos y todos los demás, no puede faltarme ese desierto en el que se te encuentra.

 Nunca vamos al desierto sin atravesar muchas cosas, sin estar fatigados por un largo camino, sin apartar la mirada del horizonte de siempre. Los desiertos se ganan, no se regalan. Los desiertos de nuestra vida no se los arrancamos al secreto de nuestras horas humanas más que violentando nuestras costumbres, nuestras perezas.

Es difícil, pero esencial para nuestro amor. Largas horas de somnolencia no valen lo que diez minutos de verdadero sueño. Lo mismo ocurre con la soledad contigo.

Varias horas de falsa soledad son para el alma menos reposo que un instante en tu presencia. No se trata de aprender a perder el tiempo. Hay que aprender a estar solo cada vez que la vida nos reserva una pausa. Y la vida está llena de pausas que podemos descubrir o malgastar.

En el más pesado y sombrío de los días, ¡Qué emoción al prever todos esos encuentros desgrana­dos! Pero nuestros desiertos tienen sólidas defensas, aunque no sean más que nuestras impaciencias, nuestros ensueños vagabundos, nuestra torpeza a la espera de unas vacaciones.

Pues así estamos hechos, y no podemos preferirte sin un pequeño combate. 

¡Anunciamos tu muerte, esperamos tu resurrección!

 Oscar Alonso



escrito el 23 de abril de 2011 por en General


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