Aprender a Pensar

Repensar la Educación

Oscar Alonso Peno

Sábado Santo: Si el grano de trigo no muere…

“Durante el Sábado Santo (ó Sábado de Gloria) la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección. Es el día de espera litúrgica por excelencia que se manifiesta con la ausencia de celebraciones o símbolos visibles en las iglesias”.

Es inevitable, en un día como este, recordar la mañana del Sábado Santo en las Pascuas Juveniles. Tras una noche en la que en torno a Jesús crucificado adorábamos la cruz y cantábamos durante horas inmersos en el misterio de la Pasión y Muerte de Jesús, llegaba de nuevo el día. A primera hora caminábamos hacia un lugar que simbolizaba el sepulcro de Jesús y en esa oración, mientras cada uno enterraba en la tierra unos granos de trigo con el convencimiento de que de ellos brotaría la vida, cantábamos juntos: “Si el grano de trigo no muere en la tierra es imposible que nazca fruto. Aquel que da su vida para los demás tendrá siempre al Señor”.

El resto de la mañana estaba dedicado al silencio y al desierto personal. El Sábado Santo es un día que nos invita a profundizar, para contemplar, para creer en esperanza. Es el día de la ausencia, del silencio, del vacío. Eso sí, no es un día vacío en el que “no pasa nada”. Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia. Callada, como él. El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la Resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos – no tanto momentos cronológicos – de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado.

Jesús ha muerto. Y “saber morir es destruir las raíces de pecado que hay en el corazón; saber morir es enterrar el egoísmo y dejar marchitar el orgullo; saber morir es ser constructor de paz y desterrar la guerra y la violencia; saber morir es tener capacidad de servir generosamente a los demás; saber morir es amar a Dios y a los hermanos con todo el corazón; saber morir consiste en sonreír ante la adversidad y arrancar el pesimismo del corazón humano; saber morir es vivir en gracia y destruir el pecado; saber morir es dar la vida, como Cristo en la cruz, para salvar”.

Empezamos a morir cuando nacemos. La vida es una carrera hacia la muerte. Pero la muerte es la puerta abierta que da acceso a la Resurrección. Lo fue en Jesucristo, y lo es para nosotros. Es necesario que el grano de trigo caiga en tierra y muera para dar fruto. Casaldáliga dice que, para quien ha vivido en plenitud, agradecido y dando vida, la muerte es el último detalle de la vida. ¡Cuánta vida hay detrás de estas palabras! ¡Cuánta donación, cuánta fe en la resurrección!

¡Qué hermosa parábola la del grano de trigo, que nos abre a la esperanza, a desterrar el miedo a la muerte! Y es que la muerte es ya Vida, aunque parezca una paradoja. Y la victoria de la muerte no reside en la destrucción de la vida, sino en la consecución de la VIDA. Por algo Francisco de Asís la llamaba la “Hermana Muerte”, aquella que con amor fraterno nos conduce de la mano hacia el Padre. Hoy, en el silencio de esta mañana, digamos con San Francisco en nuestra oración:”Alabado seas, mi Señor, por la Hermana muerte”, aquella que engendra Vida, que le devuelve a la vida su densidad perdida, que la recrea desde los parámetros nuevos del Reino, que restituye su dignidad y habla, aclama y grita Resurrección.

Oscar Alonso



escrito el 7 de abril de 2012 por en General


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